La evaluación del riesgo suicida es una de las tareas más exigentes de la práctica clínica en salud mental. Durante décadas, el debate entre quienes confían en el juicio clínico —la integración intuitiva y experiencial de datos que hace un profesional entrevistando a un paciente— y quienes defienden los métodos actuariales —reglas estadísticas o algoritmos que combinan variables de forma predefinida— ha sido central en psicología clínica y forense.

Este debate no es meramente académico: la forma en que estimamos el riesgo influye en decisiones concretas, como la necesidad de internación, la frecuencia de seguimiento o la activación de redes de apoyo. Por eso vale la pena revisar qué dice la evidencia disponible, con sus alcances y limitaciones, para tomar decisiones informadas sin caer en promesas de precisión que la ciencia todavía no puede garantizar.

En este artículo recorremos los estudios clásicos que dieron origen a este debate, la evidencia más reciente sobre modelos predictivos basados en datos clínicos, y las críticas que matizan el entusiasmo por los instrumentos actuariales, especialmente en lo que respecta a equidad y sesgos.

¿Qué es la predicción actuarial y en qué se diferencia del juicio clínico?

La predicción actuarial combina variables de riesgo mediante reglas fijas, generalmente derivadas estadísticamente (por ejemplo, ecuaciones de regresión, algoritmos de aprendizaje automático o escalas puntuadas con reglas de decisión explícitas). El resultado es un puntaje o categoría de riesgo que no varía según quién lo aplique, siempre que se ingresen los mismos datos.

El juicio clínico, en cambio, implica que el profesional integra la información disponible —entrevista, historia clínica, observación conductual, contexto vincular— de manera no estandarizada, apoyándose en su formación y experiencia. Esta integración puede ser más sensible a matices del caso particular, pero también más vulnerable a sesgos cognitivos, variabilidad entre evaluadores y errores sistemáticos.

Qué muestra la evidencia acumulada

Los estudios fundacionales de Meehl y Sines

El trabajo pionero de Meehl sobre comparaciones empíricas entre predicción clínica y actuarial sentó las bases teóricas de este debate. Su revisión de estudios disponibles en ese momento mostró que los métodos estadísticos igualaban o superaban al juicio clínico en la mayoría de las comparaciones directas (Meehl, s.f.). Es importante señalar que se trata de una síntesis narrativa temprana, sin la metodología de revisión sistemática o metaanálisis que hoy consideramos estándar, y que los estudios originales revisados eran heterogéneos en calidad y diseño.

En la misma línea, el análisis de Sines (1970) sobre predicción actuarial versus clínica en psicopatología aportó evidencia temprana a favor de las ventajas de los métodos estadísticos en contextos clínicos. Sin embargo, al ser un estudio de más de cinco décadas, no incorpora los avances metodológicos ni los algoritmos de riesgo suicida desarrollados posteriormente, por lo que su valor es principalmente histórico.

La síntesis de Dawes

Dawes (2001), en una entrada de referencia ampliamente citada, sintetizó la literatura acumulada mostrando una superioridad consistente de los métodos actuariales sobre el juicio clínico no estructurado en múltiples contextos de predicción, incluyendo salud mental. Al tratarse de una entrada enciclopédica y no de un estudio primario con metodología explícita, su aporte es más de consolidación conceptual del campo que de evidencia empírica nueva.

Evidencia reciente con datos de historias clínicas electrónicas

Un aporte más contemporáneo y metodológicamente robusto es el estudio de Barak-Corren y colaboradores (2020), que validó un modelo actuarial basado en registros electrónicos de salud para predecir riesgo suicida en múltiples sistemas sanitarios. Los resultados mostraron un buen desempeño predictivo y generalizabilidad del modelo entre distintos centros, lo que respalda la viabilidad de enfoques estadísticos automatizados como herramienta complementaria en la práctica.

No obstante, este estudio es observacional y retrospectivo, con las limitaciones propias de los datos de historia clínica electrónica: posibles sesgos de selección y variabilidad en la calidad de los registros entre sistemas. Además, no compara de forma experimental y directa el desempeño del modelo actuarial frente al juicio clínico estructurado, sino que evalúa la validez del modelo en sí mismo.

Matices y críticas a los instrumentos actuariales

¿Qué predicen realmente los instrumentos actuariales?

Sjöstedt y Grann (2002) plantean una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué constructo predicen realmente los instrumentos actuariales de evaluación de riesgo? Su análisis crítico advierte que un puntaje de riesgo no siempre corresponde de manera directa a la conducta que se busca anticipar, y que la interpretación de estos instrumentos requiere cautela conceptual. Es un aporte principalmente teórico-crítico, centrado en instrumentos forenses generales y no específicamente en riesgo suicida, pero sus advertencias son igualmente aplicables a este ámbito.

Sesgos, equidad y contexto de aplicación

Una revisión sistemática reciente de Lawson, Narkewicz y Vincent (2024) analizó el impacto diferencial de los instrumentos de evaluación de riesgo, encontrando evidencia relevante sobre sesgos y disparidades en su aplicación. Aunque el foco de esta revisión es el impacto y la equidad —más que la comparación directa de precisión predictiva entre métodos actuariales y clínicos en riesgo suicida— sus hallazgos son un llamado de atención importante: un instrumento estadísticamente válido a nivel poblacional puede, aun así, producir resultados desiguales según variables como género, etnia o contexto socioeconómico, sobre todo en ámbitos forenses o legales, donde se desarrolló la mayor parte de esta evidencia.

Implicancias para la práctica clínica

A partir de esta evidencia, heterogénea pero convergente en varios puntos, pueden extraerse algunas orientaciones prácticas razonables:

La forma en que se comunican los resultados de una evaluación de riesgo, tanto al paciente como a su entorno o al equipo tratante, también es parte de una práctica responsable. En ese sentido, puede resultar útil revisar recomendaciones sobre cómo comunicar diagnósticos difíciles sin estigmatizar, cuyos principios son aplicables también a la comunicación de niveles de riesgo.

Limitaciones de la evidencia disponible

Es importante ser transparentes sobre el estado actual de esta evidencia. Gran parte de los estudios fundacionales que sostienen la superioridad de los métodos actuariales (Meehl, Sines, Dawes) son antiguos o de tipo narrativo/enciclopédico, sin la metodología de revisión sistemática que hoy exigimos para hablar de evidencia robusta. Los estudios más recientes y metodológicamente sólidos, como el de Barak-Corren et al. (2020), se centran en la validación de modelos específicos y no en comparaciones experimentales directas con el juicio clínico. Por su parte, la evidencia sobre sesgos y equidad (Lawson et al., 2024) proviene mayormente de contextos forenses y legales, no específicos de riesgo suicida clínico. Esto significa que, si bien la tendencia general de la evidencia favorece a los métodos actuariales en términos de precisión y consistencia, la traducción directa de estos hallazgos al trabajo clínico cotidiano en salud mental requiere cautela.

Conclusiones

La evidencia disponible, aunque heterogénea y con estudios de distinta antigüedad y rigor metodológico, converge en una idea: los métodos actuariales tienden a igualar o superar al juicio clínico no estructurado en tareas de predicción, incluyendo la estimación de riesgo suicida. Sin embargo, esto no equivale a decir que los instrumentos actuariales sean infalibles ni que deban reemplazar completamente la valoración clínica. Las críticas sobre qué predicen realmente estos instrumentos y la evidencia sobre disparidades de equidad recuerdan que su aplicación debe ser cuidadosa, contextualizada y transparente respecto de sus límites. En la práctica, la posición más prudente parece ser la integración: usar herramientas estructuradas como apoyo sistemático a la decisión clínica, sin delegar en ellas la responsabilidad última del juicio profesional, y comunicando siempre con claridad la incertidumbre inherente a cualquier estimación de riesgo. Para profundizar en las implicancias emocionales y profesionales de este tema, puede ser útil revisar también nuestro artículo sobre el impacto del suicidio de un paciente en el terapeuta y la postvención.

Preguntas frecuentes

¿Los instrumentos actuariales pueden reemplazar completamente al juicio clínico?

No hay evidencia que respalde un reemplazo total. La literatura revisada sugiere que los instrumentos actuariales aportan mayor consistencia estadística, pero el juicio clínico sigue siendo necesario para contextualizar los datos, considerar factores idiosincrásicos del caso y tomar decisiones que involucran aspectos éticos y relacionales que un algoritmo no puede captar por sí solo.

¿Qué instrumento actuarial conviene usar en la práctica?

La evidencia revisada no permite recomendar un instrumento específico por sobre otro de manera categórica, ya que los estudios disponibles evalúan modelos distintos en poblaciones y contextos diferentes. Lo más prudente es elegir instrumentos validados en poblaciones similares a la que se atiende y revisar la evidencia disponible sobre su desempeño y equidad antes de adoptarlos como práctica habitual.

¿Es ético basar una decisión clínica solo en un puntaje de riesgo?

La evidencia sobre sesgos y disparidades de los instrumentos actuariales sugiere que apoyarse exclusivamente en un puntaje, sin integrar el contexto clínico y personal del paciente, puede llevar a decisiones injustas o poco sensibles a la singularidad del caso. La combinación de datos estructurados con el razonamiento clínico documentado parece ser el enfoque más responsable.

Referencias

  1. Meehl, P. E. (s.f.). Empirical comparisons of clinical and actuarial prediction. En Clinical versus statistical prediction: A theoretical analysis and a review of the evidence. https://doi.org/10.1037/11281-008
  2. Dawes, R. M. (2001). Clinical versus Actuarial Prediction. En International Encyclopedia of the Social & Behavioral Sciences. https://doi.org/10.1016/b0-08-043076-7/01296-1
  3. Sines, J. O. (1970). Actuarial versus Clinical Prediction in Psychopathology. British Journal of Psychiatry. https://doi.org/10.1192/bjp.116.531.129
  4. Barak-Corren, Y., Castro, V. M., Nock, M. K., Mandl, K. D., Madsen, E. M., Seiger, A., Adams, W. G., Applegate, R. J., Bernstam, E. V., Klann, J. G., McCarthy, E. P., Murphy, S. N., Natter, M., Ostasiewski, B., Patibandla, N., Rosenthal, G. E., Silva, G. S., Wei, K., Weber, G. M., Weiler, S. R., Reis, B. Y., & Smoller, J. W. (2020). Validation of an Electronic Health Record-Based Suicide Risk Prediction Modeling Approach Across Multiple Health Care Systems. JAMA Network Open. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/32211868/
  5. Sjöstedt, G., & Grann, M. (2002). Risk Assessment: What is Being Predicted by Actuarial Prediction Instruments? International Journal of Forensic Mental Health. https://doi.org/10.1080/14999013.2002.10471172
  6. Lawson, S. G., Narkewicz, E. L., & Vincent, G. M. (2024). Disparate impact of risk assessment instruments: A systematic review. Law and Human Behavior. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/39347719/