Cuando pensamos en el final de un proceso terapéutico, la literatura y la formación clínica suelen poner el foco casi exclusivamente en el paciente: cómo se siente, qué significa para su historia vincular, qué riesgos conlleva un cierre abrupto. Sin embargo, la terminación es un evento bidireccional. El terapeuta también atraviesa un proceso emocional propio, que rara vez se nombra en los espacios de formación y que, cuando queda desatendido, puede impactar en la calidad del cierre y en el bienestar profesional a mediano plazo.

Hablar del duelo profesional que implica despedir a un paciente, de las reacciones contratransferenciales que despierta ese momento y de las estrategias posibles para sostener un cierre saludable no es un ejercicio de introspección superflua: es parte de la ética del cuidado clínico. Un terapeuta que no reconoce su propia reacción ante la separación corre el riesgo de prolongar tratamientos innecesariamente, de acelerar cierres por incomodidad propia, o de vivir la finalización como una pérdida no procesada que se acumula silenciosamente.

En este artículo revisamos qué dice la literatura clínica disponible sobre este fenómeno, con las limitaciones que esa evidencia presenta, y proponemos algunas líneas de trabajo concretas para transformar el cierre terapéutico en una experiencia de aprendizaje tanto para el paciente como para el profesional.

El cierre terapéutico como experiencia bidireccional

La terminación de la psicoterapia ha sido descripta desde hace décadas como un momento de reactivación de temas vinculares centrales: separación, pérdida, autonomía, reconocimiento del cambio logrado. Easson (1971) señaló que tanto paciente como terapeuta atraviesan un reajuste emocional tras la finalización del tratamiento, y que ese reajuste incluye procesos de duelo y una búsqueda de sentido personal frente a la separación1. Esta idea, aunque formulada hace más de cincuenta años en base a observación clínica sin metodología controlada, sigue siendo un punto de partida útil: el cierre no es un trámite administrativo, es un evento relacional con peso afectivo para ambas partes.

Más recientemente, un capítulo dedicado a la internalización de la figura del terapeuta plantea que la forma en que se produce la terminación —y cómo se trabaja explícitamente el vínculo antes del cierre— influye en cómo el paciente internaliza esa relación terapéutica y en los resultados posteriores al tratamiento2. Esto tiene una implicancia directa para el profesional: el modo en que gestionamos nuestra propia reacción ante el fin del proceso puede favorecer o dificultar esa internalización saludable.

Tipos de terminación y su carga emocional

No todas las terminaciones pesan igual. Suele ser útil diferenciar al menos tres escenarios:

Borghi (1968) documentó, ya en ese momento, que buena parte de la angustia asociada a las terminaciones prematuras surge de expectativas divergentes entre paciente y terapeuta sobre cuándo y cómo debería cerrarse el proceso3. Esa asimetría de expectativas puede dejar al profesional con sensación de fracaso, dudas sobre su intervención o culpa, especialmente cuando no hubo espacio para procesar el cierre.

Duelo profesional: qué significa perder un paciente

El concepto de duelo profesional no equivale al duelo por la muerte de un ser querido, pero comparte elementos estructurales: pérdida de un vínculo significativo, reorganización de expectativas, necesidad de un tiempo de elaboración. McGee (1974), en su análisis sobre la terminación en terapia grupal, describió cómo la finalización iniciada por el terapeuta genera reacciones propias del profesional —no solo del grupo— y remarcó la necesidad de un proceso de cierre cuidadoso que contemple también esas reacciones4.

Reacciones emocionales frecuentes

Entre las reacciones que suelen describirse en la literatura clínica sobre este tema se encuentran:

Reconocer estas reacciones como parte esperable del trabajo clínico —y no como una falla profesional— es un primer paso para poder procesarlas sin que interfieran en la relación con otros pacientes.

Contratransferencia en el proceso de cierre

La contratransferencia frente a la terminación puede manifestarse de formas sutiles: prolongar sesiones más allá de lo clínicamente necesario, evitar poner fecha de cierre, minimizar los logros del paciente para “justificar” continuar, o, en el extremo opuesto, apurar una despedida por incomodidad con la propia emoción. Vannicelli (2005) y Hopper (2005), en sus comentarios sobre la terminación iniciada por el terapeuta, coinciden en que estas reacciones contratransferenciales tienen tanto un componente emocional como uno ético y técnico, y que ignorarlas puede afectar la calidad del cierre para el paciente5,6.

Señales de contratransferencia no resuelta

Estas señales no indican necesariamente un problema grave, pero funcionan como indicadores de que vale la pena revisar el propio proceso, idealmente en supervisión o en espacios de intervisión entre pares.

Estrategias para un cierre saludable

A partir de lo que aporta la literatura disponible —con sus limitaciones metodológicas, dado que se trata en su mayoría de artículos teóricos y clínicos sin diseño empírico controlado— pueden delinearse algunas prácticas útiles:

  1. Anticipar el cierre con tiempo: cuando es posible, planificar la terminación con varias sesiones de anticipación permite trabajar explícitamente la despedida, en línea con lo que McGee describía como un proceso de cierre cuidadoso.
  2. Nombrar la emoción propia sin invadir el espacio del paciente: es posible reconocer que el cierre también implica algo para el terapeuta, sin que esto desplace el foco de la sesión.
  3. Revisar expectativas mutuas: conversar explícitamente sobre qué considera cada parte que constituye un buen momento para terminar, para reducir la asimetría que describía Borghi.
  4. Documentar y sintetizar el proceso: una devolución final ayuda a consolidar los logros y ofrece al terapeuta una instancia de cierre cognitivo, no solo emocional.
  5. Distinguir entre terminación y ruptura del vínculo: trabajar la diferencia entre “terminar bien” y “desaparecer” reduce la tentación de mantener contacto informal post-terapia.
  6. Usar la supervisión para procesar terminaciones difíciles: especialmente en casos de abandono prematuro o de vínculos muy prolongados.

Estas estrategias se complementan con el trabajo sobre el propio proceso personal del terapeuta. Cuando las terminaciones reactivan temas no resueltos —duelos personales, dificultades con la separación, patrones vinculares propios— puede ser momento de revisar la conveniencia de retomar la terapia personal del terapeuta.

El rol de la supervisión y los espacios de intervisión

Los comentarios de Vannicelli y Hopper coinciden en señalar que la terminación iniciada por el terapeuta tiene implicancias éticas que van más allá de lo puramente emocional: hay una responsabilidad profesional en cómo se comunica, se acompaña y se cierra el proceso. La supervisión clínica y los espacios de intervisión entre pares funcionan como un lugar privilegiado para poner en palabras estas reacciones antes de que se traduzcan en decisiones clínicas apresuradas, ya sea prolongar innecesariamente un tratamiento o precipitar un cierre por incomodidad personal.

Cuando la terminación ocurre en circunstancias particularmente dolorosas —por ejemplo, ante la pérdida de un paciente— el impacto emocional en el profesional puede ser considerablemente mayor, y merece un abordaje específico que excede el alcance de este artículo; para esos casos resulta pertinente revisar cómo se aborda el impacto del suicidio de un paciente en el terapeuta y los protocolos de postvención.

Conclusiones

La terminación terapéutica es un momento cargado de sentido para ambas partes del vínculo, y desatender el impacto emocional que produce en el profesional puede tener consecuencias tanto en la calidad del cierre como en el bienestar a largo plazo del terapeuta. La literatura disponible sobre este tema, aunque compuesta mayormente por artículos teóricos y clínicos de varias décadas de antigüedad, sin metodología empírica sistemática, coincide en señalar algunos puntos: la necesidad de procesos de cierre cuidadosos, el peso de las expectativas divergentes entre paciente y terapeuta, y la relevancia de las reacciones contratransferenciales frente a la separación.

Reconocer el duelo profesional como parte legítima del trabajo clínico, revisar las propias reacciones contratransferenciales y contar con espacios de supervisión o intervisión para procesar terminaciones difíciles son pasos concretos hacia una práctica más sostenible. El cierre bien acompañado no es solo un beneficio para el paciente: es también una forma de cuidado profesional para quien ejerce la clínica.

Preguntas frecuentes

¿Es normal sentir tristeza cuando un paciente termina su proceso terapéutico, aunque haya sido un buen resultado?

Sí. La literatura clínica describe la tristeza o la nostalgia ante el cierre como una reacción esperable, ligada a la pérdida de un vínculo significativo, y no como un indicador de falta de profesionalismo.

¿Cómo diferenciar una reacción emocional esperable de una contratransferencia que interfiere en el proceso?

Una señal de alerta es cuando la emoción propia empieza a determinar decisiones clínicas, como postergar el cierre sin justificación terapéutica o apurarlo por incomodidad personal. Ante la duda, la supervisión es el espacio indicado para revisarlo.

¿Qué hacer cuando el paciente abandona el tratamiento sin previo aviso?

Además de intentar el contacto habitual según el encuadre acordado, es útil procesar en supervisión las expectativas propias sobre ese cierre, dado que buena parte del malestar asociado a las terminaciones prematuras proviene de expectativas no explicitadas entre ambas partes.

¿La supervisión debería incluir siempre un espacio para hablar de terminaciones?

Es recomendable, especialmente en procesos largos, terminaciones prematuras o cierres iniciados por el propio terapeuta, ya que estos escenarios concentran mayor carga emocional y riesgo de decisiones clínicas influidas por la propia reacción no procesada.

Referencias

  1. Easson, W. M. (1971). Patient and Therapist After Termination of Psychotherapy. American Journal of Psychotherapy. https://doi.org/10.1176/appi.psychotherapy.1971.25.4.635
  2. Autor no especificado (2003). Termination, Posttermination, and Internalization of Therapy and the Therapist: Internal Representation and Psychotherapy Outcome. En Core Processes in Brief Psychodynamic Psychotherapy. https://doi.org/10.4324/9781410609311-23
  3. Borghi, J. H. (1968). Premature Termination of Psychotherapy and Patient-Therapist Expectations. American Journal of Psychotherapy. https://doi.org/10.1176/appi.psychotherapy.1968.22.3.460
  4. McGee, T. F. (1974). Therapist Termination in Group Psychotherapy. International Journal of Group Psychotherapy. https://doi.org/10.1080/00207284.1974.11492264
  5. Vannicelli, M. (2005). Commentary on “Therapist-Initiated Termination”. International Journal of Group Psychotherapy. https://doi.org/10.1521/ijgp.55.2.311.62184
  6. Hopper, S. (2005). Commentary on “Therapist-Initiated Termination”. International Journal of Group Psychotherapy. https://doi.org/10.1521/ijgp.55.2.305.62186

Nota sobre la evidencia: los estudios citados corresponden en su mayoría a artículos clínicos y comentarios teóricos publicados entre 1968 y 2005, basados en observación clínica y experiencia profesional, sin diseños empíricos controlados ni muestras representativas. Esto limita la generalización de sus hallazgos, aunque su valor conceptual sigue siendo relevante para pensar el fenómeno de la terminación terapéutica desde la perspectiva del profesional.